historia de la carretera y libro de negocios

En Millas Adelante, Max Wohlgemuth Kitslaar cuenta la historia de su viaje de 17.000 kilómetros montado en una vieja motocicleta Guzzi, de Chile a Nueva York. Siguiendo las huellas de Kerouac y Che Guevara, para descubrirse a sí mismo, pero sobre todo para palpar el lado humano de un continente. Max visitó en el camino 32 empresarios que trabajan por un mundo mejor. Todos ellos con una alternativa rentable, llena de esperanza y positivismo.

Un viaje realmente inspirador
— Avery Baker, CMO Global Marketing Tommy Hilfiger

Millas Adelante pone en el punto de mira a empresarios que abordan retos sociales y ganan dinero con ellos. Un mundo mejor no es un pozo lleno de subsidios o política. Max quiere mostrar con este libro que todos pueden arremangarse, ponerse a trabajar y hacer un aporte para un mundo mejor.


anticipo: así comienza el primer capítulo

“¿Quieres enviar tu motocicleta a Buenos Aires? Olvídalo, dura una eternidad antes de que la aduana argentina te la entregue. Y cuesta una fortuna, que debes pagar en parte por debajo de la mesa.”

“¿Montevideo, entonces?”

“La misma historia. Al igual que en Río de Janeiro y São Paulo.”

Peet, el hombre de la empresa de transportes en Rótterdam había sido claro: Chile es el único destino en la región al que quería enviar mi motocicleta. Según él, arreglar los papeles allá es como comerse un trozo de torta.

…sacar sellos…

En medio del trancón de la mañana, un taxi me lleva del aeropuerto de Santiago a un rascacielos de cristal en el centro. A la sede de la compañía naviera que ha sacado mi motocicleta del contenedor marítimo y que tiene que poner los sellos con los que la aduana me la entregará. Según las damas de la compañía naviera, hace falta un formulario. Miradas y súplicas amables no tienen ningún efecto. Inflexibles, las damas se atienen estrictamente a los procedimientos. Mi paciencia, que ya era poca debido al viaje, se agota aún más.

…y después de los inevitables contratiempos…

Hace dos días cerré la puerta de mi apartamento en Amsterdam y la primera escala en Filadelfia ya fue enervante. De mi mochila de viaje, con mi ropa de motociclista, lentes de contacto para medio año y los cables de la cámara, ni rastro. Y debido a que no pudieron encontrarme en su computador dañado, los agentes de inmigración me llevaron aparte y me gritaron. La cantidad de cosas en mi equipaje de mano ocasionó problemas en la puerta de salida, pero el jefe de auxiliares de vuelo me salvó con una sonrisa. En el sombrío y desolado aeropuerto de Miami comí tacos servidos en un plato de plástico, demasiado salados, demasiado grasosos y demasiado caros. Y a mi llegada a las cinco y media de la mañana desapareció el último destello de esperanza de que mi mochila aún hubiese llegado.

…en dirección a Nueva York…

Afortunadamente puedo ubicar a Peet en Holanda, por medio del celular. Peet le explica en inglés al jefe de las damas que mis papeles, sin embargo, están en orden. Con los necesarios sellos de la compañía naviera tomo el bus a Valparaíso, en la costa. Mi vieja motocicleta Guzzi, que tiene casi cuarenta años, me está esperando allá en algún almacén para transportarme a lo largo de medio año a Nueva York. A través de las Américas. Para retratar empresas que trabajan por un mundo mejor. Todas a su manera y en su propio sector. Todas con fines de lucro. Todas con impacto social. Empezando por Sabores del Mundo, en Buenos Aires, la ciudad donde viví hace diez años.

Primero a la bodega…

A la mañana siguiente entregan finalmente en Valparaíso mi equipaje. Camino excitado del hostal a la oficina de la aduana, donde el montón de papeles que tengo en la mano no hace sino aumentar. Un bus me lleva después lejos de la ciudad. En una parada de bus poco clara el chofer me hace vagamente una seña de ir a la izquierda. Allá en alguna parte debería ser, según él. Camino un par de kilómetros por el borde de una carretera de arena por la que van y vienen camiones. Es mediodía, hace más de treinta grados y no hay viento. La arena y el polvo vuelan por todos lados. En una mano llevo una bolsa con papeles y una cámara. En la otra, mi casco y mi chaqueta de cuero. Sudo a mares, con mis blue jeans y mis zapatillas de motociclista. No sé con seguridad si camino en la dirección correcta, mi GPS no es nada claro, hasta que detrás de una colina aparecen grandes banderas con el logotipo de la empresa de transporte.

…ante mi vieja motocicleta Guzzi, de cuarenta años de edad…

Hombres con chalecos amarillos entran y salen, mientras espero con impaciencia en la recepción del almacén. Todos han tenido su turno antes que yo. Cada quince minutos pregunto en el mostrador si no se han olvidado de mi. Una mujer llamada Gloria, según la divisa en su vestido, me toca entonces el hombro. “¿Señor Wohlgemuth Kitslaar?” Con un chaleco reflectante y capas protectoras sobre mis zapatos, la sigo hasta lejos en el terreno. Allá está mi motocicleta, que dejé hace un par de semanas donde Peet en Rótterdam. La Guzzi que tanto quiero, en Chile. Con un par de colegas de Gloria empujo la motocicleta y la saco del cajón. Ojalá la batería no se haya vaciado durante todo ese tiempo en el mar. Pero enciende de una sola vez. Un fabuloso estruendo inunda el almacén. Esta motocicleta tiene alma.

…que no me entregan así nomás.

Gloria ha puesto entretanto los papeles en orden y me pide ir aún a la caja. ¿La caja? ¿Acaso no había dicho Peet que yo no tendría que pagar nada más en el lugar de entrega? Una factura de cuatrocientos euros, al cambio, a pagar en efectivo. Esto no tiene sentido. Haciendo mucho teatro grito como loco, protestando en castellano fluído. El tipo joven que hace de cajero murmulla que él no puede hacer nada y me envía donde su jefe.

“¿Está de acuerdo si sacamos el ochenta por ciento del valor de la factura?” Esto confirma mi sospecha: esta factura se le inventaron ellos.

La corrupción, desde el primer día. Pero adelante, con esos ochenta euros. Quiero irme. Cuando salgo del terreno en la motocicleta, piso el acelerador para recorrer los primeros metros en suelo latinoamericano. Estoy listo, a Nueva York se dijo. Para visitar empresas que trabajan por un mundo mejor.


conoce 3 empresas de Millas adelante

Crepes & Waffles

Crepes & Waffles es la mayor cadena de restaurantes de Colombia, con filiales en ocho países. Más del 90% de los 4.000 empleados contratados es madre cabeza de familia de una clase social baja.

Con el volumen de compras y el pago de precios justos, Crepes & Waffles apoya a campesinos a pequeña escala en el proceso de pasar a la agricultura biológica, en terrenos degradados por la agricultura industrial.

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Laboratoria

Laboratoria forma como diseñadoras de la red a mujeres jóvenes entre los 18 y 28 años de edad provenientes de los barrios bajos y las acompaña hacia el mercado laboral.

Laboratoria tiene asociaciones con Google, LinkedIn y Telefónica. Más del 70% de las participantes encuentra un empleo después de terminar el programa, ganando hasta dos veces más de lo que ganaba antes de empezar.

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Sabores del Mundo

Sabores del Mundo es una feria que recorre la provincia de Buenos Aires. 200 empresarios ponen semanalmente sus puestos en los alrededores de la capital de la Argentina, para recibir aproximadamente a 50.000 visitantes.

El objetivo de los fundadores, Guillermo Pisani y Hernán Rico, es crear un mercado de consumo para platos típicos y artesanías tradicionales, producidos por pequeños empresarios de todas las edades y diferentes culturas.

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